Resumido y un tanto modificado para el Blog.
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Lo que voy a comentar a continuación es una reflexión sobre el papel de la antropología en el estudio de los medios de comunicación y sus formas simbólicas, y sobre el trabajo de campo como medio de aproximación privilegiado en la disciplina para el acercamiento al objeto de estudio.
El estudio del campo de los medios de comunicación ha tenido una auge creciente en las ultimas décadas, desde las primeras críticas que lanzara la escuela de Frankfurt con Adorno y Horkheimer sobre el poder de los medios de comunicación, en este caso, la radio y el cine, hasta por ejemplo, la relativamente reciente propuesta de una nueva rama del conocimiento denominada mediología, para la cual Régis Debray reclama una independencia de ciencias como la sociología, la semiología, la psicología de masas y la historia. El campo ha ocupado a numerosos especialistas y suscitado numerosas reflexiones.
Como una vez dijo Pierre Bourdieu en su libro titulado “Sobre la televisión”, la reflexión sobre la sociedad no esta limitada al sociólogo, (o, en este caso, al antropólogo) tal como por ejemplo, el estudio de la física al físico. Esto se debe a que cualquier persona tiene siempre una opinión sobre sí mismo y su sociedad. Para el caso que nos ocupa, la rápida expansión de la televisión al fin de la Segunda Guerra Mundial y con ello el surgimiento del fenómeno de la cultura pop a nivel mundial, generó un entusiasmo que propició que, ya sea desde la sociología, la política o incluso desde la religión, todo mundo tuviera algo que decir al respecto del rol de los nuevos medios en la sociedad, según el caso, a favor o en contra, pero rara vez la indiferencia fue la norma. La antropología, sin embargo, se mantuvo por lo general al margen de este entusiasmo.
Considero que la razón de este significativo silencio que sólo hasta épocas recientes ha comenzado a articular palabras, es relativamente comprensible para todos nosotros, ya que alude a una vieja condición de nuestra disciplina. Si bien suele decirse que es el objeto de estudio el que define a una ciencia en particular, así pues, los bien conocidos intereses económicos e imperialistas que vieron nacer a la antropología, la marcaron con la implacable sentencia de estudiar lo que hoy llamamos “la otredad”, es decir, aquellos otros que no somos nosotros.
Recuerdo ahora una caricatura publicada en el libro para el examen propedéutico de esta escuela, en la que se veía a un clásico antropólogo vestido con su típico gorro de explorador ingles y shorts, que se aproximaba a una choza de cierta tribu acompañado por unos aborígenes casi desnudos, mientras, al interior de la choza, otros integrantes de la tribu se apresuraban por ocultar diversos objetos, entre ellos, una televisión, mientras decían apurados “¡el antropólogo, el antropólogo!”. Esto me hace recordar que, pese a lo mencionado más arriba, es la ciencia la que de hecho define a su objeto de estudio.
Empeñados en buscar esa “diferencia” que en muchas ocasiones significó simplemente una cuesta por lo exótico, los antropólogos hemos construido un otro ideal que aunque ha cobrado muchísimos aspectos, nunca se confunde con un nosotros. Siguiendo esta tendencia, el estudio de un proceso que afecte, aunque profundamente, a algo concebido como nuestra sociedad, no sería de la incumbencia del antropólogo sino del sociólogo.
Aquí se enmarca el tópico de muchas discusiones actuales para nuestro campo, de las cuales no me voy a ocupar pero que destacan la pertinencia de la antropología en diversos estudios que tradicionalmente han sido relegados a otras áreas.
Lo expuesto hasta ahora viene a intentar explicar el relativo silencio de la antropología respectos al campo de la comunicación de masas, sin embargo, Debray nos advierte sobre otra razón que no solo actúa sobre esta ciencia, sino en general, sobre todas las humanidades.
Él, al defender el derecho a la existencia de una ciencia denominada mediología, comenta esta reticencia inherente de las humanidades hacia el estudio de los medios técnicos y sus relaciones correspondientes con sus formas simbólicas. De modo consecuente, se distingue la existencia de dos propuestas tradicionalmente diferentes para las ciencias en general, y que han derivado en la famosa diferenciación entre ciencias duras y ciencias blandas. Considero que, dejando de lado muchos detalles, esta división entre objeto y tipo de conocimiento, alude a lo que comúnmente nos parecen las dos condiciones mínimas del ser humano, esto es, mente (o espíritu) y materia (o cuerpo).
Así pues, en el estudio de algo tan elevado como es el hombre, su cultura y su sociedad, entiéndase lo que se entienda por cada uno de estos términos, la materia, y más aún, los instrumentos y medios con los que se la maneja, no han tendido a poblar la literatura humanista.
Aún en el intento positivista de objetividad del que surgieron las ciencias modernas, la búsqueda de un método objetivo que nos conduzca a un conocimiento cierto y universal de la realidad no logró subvertir esta tendencia mucho más antigua y que seguía reclamando para el estudio del hombre cierta soberanía de lo espiritual respecto a lo material.
Podemos encontrar, no obstante algunas excepciones a esta tendencia general; una muy notable, nos comenta Debray, esta en la filosofía de Hegel, quien no obstante a su idealismo, reconoce a través de la dialéctica una relación entre la esencia y la forma, y suscribe de esta manera al alma dentro de los procesos naturales. La influencia de esta doctrina en las ciencias sociales nos llega principalmente a través de la crítica de Marx, quien emplea el método dialéctico de Hegel aunque niega su idealismo y mantiene la historia en los términos de una historia humana.
El impacto de la obra de Marx tanto en la antropología como en el resto de las ciencias sociales obligó a una reconsideración sobre el papel de las tecnologías en el desarrollo de la historia. La concepción de una base material de la historia capaz de explicar las diferencias en los estados de desarrollo humano, representó un cambio fundamental de perspectiva.
Ahora quisiera mencionar, sin embargo, otra excepción que es de carácter diferente, pues va de la mano, no con la historia del pensamiento, sino con la de las tecnologías y su relación con la modernidad. Comencemos con un ejemplo importante; la imprenta de Gutemberg. Asociada a las condiciones políticas y sociales de la época ayudó a abrir las puertas a la Reforma, marcó el fin de la palabra escrita frente a la impresa, y posibilitó la difusión de la información en cada vez más elevados volúmenes; marcó así el inicio de la era de comunicación de masas, que coincidió también con el desarrollo de de las primeras formas del capitalismo y los inicios del Estado-Nación moderno.
Pese a la vital trascendencia de este invento, las teorías que se ocuparon del proceso de modernización, así como de las transformaciones culturales que llevaron al surgimiento de las sociedades industriales modernas, teorías y suposiciones agrupadas por J.B. Thompson bajo el nombre de “gran relato de transformación cultural”, y que podemos encontrar por ejemplo en autores como Marx y Weber, destaca el echo de que se subrayan siempre los procesos de secularización y racionalización de la sociedad, mismos que Thompson pone en duda, y se resta peso a los factores técnicos, en este caso lo que el llama, la “mediatización de la cultura”.
Sin embargo, a cuestas de la modernización, este proceso de mediatización ha seguido su rápida evolución, y gracias a la perspectiva actual, autores como Manuel Castells nos hablan de una sociedad informacional, fruto de su precedente industrial y para cuya comprensión es preciso entender el papel de las tecnologías, no desde un modo determinista, sino en una dialéctica entre sociedad y tecnología. Estamos viviendo pues, en esta última excepción, donde el papel de las nuevas tecnologías en la sociedad nos ha obligado a cambiar de perspectiva para reconocer su importancia.
Así nos encontramos de vuelta al comienzo de esta plática, en el momento en que numerosas ciencias se preguntan sobre el papel de las tecnologías sobre su sociedad, en especial las de la comunicación.
Mucho se ha hablado, sobre todo en el ámbito de antropología urbana, sobre la necesidad de mantener una antropología frente a una sociología, se cita por ejemplo, el método ejemplar antropológico que permite la obtención de una información cualitativamente mejor, en contraste con los modelos homogeneizantes de los sociólogos, y que nos lleva forzosamente ante el trabajo de campo. Sin embargo, en el tema que ahora nos ocupa, no nos encontramos frente a una distinción campo/ciudad, sino más bien quizás frente a grupos sociales contra sus tecnologías y las formas simbólicas que los relacionan. Es decir, si en el momento en que la diferencia entre el otro y el nosotros se hizo difusa, fue el método antropológico representado a grandes rasgos en el trabajo de campo lo que justificó en gran medida un lugar para la antropología, ¿que puede aportar ahora esta ciencia frente al estudio de las tecnologías y sus formas simbólicas?
Tradicionalmente, por desgracia, en los casos en que la antropología se ha acercado a los medios, ha sido para enfocarlos como medios técnicos particulares de acercamiento al objeto de estudio, el cual continúa siendo el mismo, esto es: comunidades, cualesquiera que sean, sin mediar una reflección significativa sobre la naturaleza de los medios y su relación con los grupos sociales con los que se relacionan.
Así pues, con el estudio de las tecnologías y sus formas simbólicas asociadas, quiero referirme a tomar éstas por objeto particular de estudio, no como un medio para el estudio de otra cosa.
Desde esta perspectiva me parece clara la necesidad de apelar, desde la antropología, a métodos de interpretación con modelos como la hermenéutica profunda, presentada por J.B Thompson para el estudio de la ideología en los medios. Este modelo esta inspirado entre otros, en la filiación hermenéutica y fenomenológica de Paul Ricoeur, que a grandes rasgos implica un enfoque interpretativo en referencia al contexto sociocultural en el que se insertan las formas simbólicas, a través de un análisis sociohistórico y un estudio etnográfico, así como un análisis del medio para el cual la semiótica es una excelente herramienta.
Así, aunque le estudio de los medios masivos de comunicación podría parecer en un primer momento una pérdida irremediable (y aterradora) de la comunidad de estudio, referente paradigmático en el trabajo antropológico, más aún cuando la demarcación etnográfica nos pide localizar los limites geográficos de nuestra comunidad de estudio, tenemos sin embrago, la necesidad de entender el estudio de los medios como la objetivación simbólica de la actividad de un grupo, dirigida a otro grupo por el cual es interpretada y significada. De modo que el estudio de los medios, no puede entenderse como separado del estudio de una comunidad.
Al respecto de estas comunidades, valdría apuntar que no pueden definirse en términos clásicos, pero pueden demarcarse con ayuda de nociones como “comunidades de interés”.
Por otro lado, el giro evidentemente interpretativo y lingüístico que debe tomar nuestra disciplina si quiere abarcar algún modelo para el estudio de los medios de comunicación, (y que de hecho ya lleva algunas décadas inclinándose en esa dirección) no creo que represente un abandono de “la teoría antropológica” o una “contaminación” de ésta, y por lo mismo, tampoco considero que la teoría antropológica no tenga nada que aportar al debate sobre las nuevas tecnologías de comunicación.
El estudio de las formas simbólicas en la vida social del hombre es un rasgo fundamental de nuestra disciplina, de modo que el comprender los fenómenos culturales como fenómenos de comunicación es tan solo hacernos concientes de que, como dijera Lévi-Strauss, cunado nos enfrentamos ante un problema de estudio, lo que hacemos es tratar de entender “que significa” un fenómeno dado, de modo que la dimensión interpretativa nunca ha estado ausente en la antropología.
Otro ejemplo; Wilhelm Dilthey definió el término “comprensión”, como opuesto al de “explicación”, y asignó este último a las ciencias naturales, mientras que el primero lo adscribía al dominio de las ciencias “históricas o del espíritu”. Según él, esta diferencia obedece a la diferencia en la naturaleza del objeto de estudio de ambas ramas de la ciencia, así, las ciencias naturales responden a un “modelo de inteligibilidad”, mismo que fue exportado a las ciencias históricas por las escuelas positivistas. Sin embargo, estas ciencias históricas, o del espíritu, al ocuparse de un fenómeno “psiquico” se valen de la comprensión, es decir, el conocimiento de este fenómeno a través de símbolos sensibles en donde la interpretación juega un papel importante.
Como una especie de conclusión considero que, ante este particular objeto de estudio, que concretizando podría ser la imagen, la televisión, la fotografía, el cine o el Internet, solo por citar algunos ejemplos, es la teoría antropológica, inspirada por su método particular, la que claramente tiene mucho que decir y aportar frente a otras disciplinas. Su capacidad para tratar cualitativamente los datos, su tendencia a mirar con extrañeza o distancia su objeto de estudio para buscar sentido en el rasgo más sutil de la vida cotidiana, y por otro lado, su utopía de acercamiento y casi comunión en el plano más subjetivo posible con su objeto de estudio, le ha dado una mirada particular. El problema entonces nos viene del método, que se ha ido construyendo bajo las necesidades de una tradición científica construida por viajeros y caminantes (o al menos, lectores de diarios de viajeros y caminantes).
Finalmente tal vez podríamos definir bajo el rubro de, una mirada particular, lo que puede construir nuestra disciplina para lograr una interpretación propiamente antropológica de los medios y sus formas simbólicas.
El estudio del campo de los medios de comunicación ha tenido una auge creciente en las ultimas décadas, desde las primeras críticas que lanzara la escuela de Frankfurt con Adorno y Horkheimer sobre el poder de los medios de comunicación, en este caso, la radio y el cine, hasta por ejemplo, la relativamente reciente propuesta de una nueva rama del conocimiento denominada mediología, para la cual Régis Debray reclama una independencia de ciencias como la sociología, la semiología, la psicología de masas y la historia. El campo ha ocupado a numerosos especialistas y suscitado numerosas reflexiones.
Como una vez dijo Pierre Bourdieu en su libro titulado “Sobre la televisión”, la reflexión sobre la sociedad no esta limitada al sociólogo, (o, en este caso, al antropólogo) tal como por ejemplo, el estudio de la física al físico. Esto se debe a que cualquier persona tiene siempre una opinión sobre sí mismo y su sociedad. Para el caso que nos ocupa, la rápida expansión de la televisión al fin de la Segunda Guerra Mundial y con ello el surgimiento del fenómeno de la cultura pop a nivel mundial, generó un entusiasmo que propició que, ya sea desde la sociología, la política o incluso desde la religión, todo mundo tuviera algo que decir al respecto del rol de los nuevos medios en la sociedad, según el caso, a favor o en contra, pero rara vez la indiferencia fue la norma. La antropología, sin embargo, se mantuvo por lo general al margen de este entusiasmo.
Considero que la razón de este significativo silencio que sólo hasta épocas recientes ha comenzado a articular palabras, es relativamente comprensible para todos nosotros, ya que alude a una vieja condición de nuestra disciplina. Si bien suele decirse que es el objeto de estudio el que define a una ciencia en particular, así pues, los bien conocidos intereses económicos e imperialistas que vieron nacer a la antropología, la marcaron con la implacable sentencia de estudiar lo que hoy llamamos “la otredad”, es decir, aquellos otros que no somos nosotros.
Recuerdo ahora una caricatura publicada en el libro para el examen propedéutico de esta escuela, en la que se veía a un clásico antropólogo vestido con su típico gorro de explorador ingles y shorts, que se aproximaba a una choza de cierta tribu acompañado por unos aborígenes casi desnudos, mientras, al interior de la choza, otros integrantes de la tribu se apresuraban por ocultar diversos objetos, entre ellos, una televisión, mientras decían apurados “¡el antropólogo, el antropólogo!”. Esto me hace recordar que, pese a lo mencionado más arriba, es la ciencia la que de hecho define a su objeto de estudio.
Empeñados en buscar esa “diferencia” que en muchas ocasiones significó simplemente una cuesta por lo exótico, los antropólogos hemos construido un otro ideal que aunque ha cobrado muchísimos aspectos, nunca se confunde con un nosotros. Siguiendo esta tendencia, el estudio de un proceso que afecte, aunque profundamente, a algo concebido como nuestra sociedad, no sería de la incumbencia del antropólogo sino del sociólogo.
Aquí se enmarca el tópico de muchas discusiones actuales para nuestro campo, de las cuales no me voy a ocupar pero que destacan la pertinencia de la antropología en diversos estudios que tradicionalmente han sido relegados a otras áreas.
Lo expuesto hasta ahora viene a intentar explicar el relativo silencio de la antropología respectos al campo de la comunicación de masas, sin embargo, Debray nos advierte sobre otra razón que no solo actúa sobre esta ciencia, sino en general, sobre todas las humanidades.
Él, al defender el derecho a la existencia de una ciencia denominada mediología, comenta esta reticencia inherente de las humanidades hacia el estudio de los medios técnicos y sus relaciones correspondientes con sus formas simbólicas. De modo consecuente, se distingue la existencia de dos propuestas tradicionalmente diferentes para las ciencias en general, y que han derivado en la famosa diferenciación entre ciencias duras y ciencias blandas. Considero que, dejando de lado muchos detalles, esta división entre objeto y tipo de conocimiento, alude a lo que comúnmente nos parecen las dos condiciones mínimas del ser humano, esto es, mente (o espíritu) y materia (o cuerpo).
Así pues, en el estudio de algo tan elevado como es el hombre, su cultura y su sociedad, entiéndase lo que se entienda por cada uno de estos términos, la materia, y más aún, los instrumentos y medios con los que se la maneja, no han tendido a poblar la literatura humanista.
Aún en el intento positivista de objetividad del que surgieron las ciencias modernas, la búsqueda de un método objetivo que nos conduzca a un conocimiento cierto y universal de la realidad no logró subvertir esta tendencia mucho más antigua y que seguía reclamando para el estudio del hombre cierta soberanía de lo espiritual respecto a lo material.
Podemos encontrar, no obstante algunas excepciones a esta tendencia general; una muy notable, nos comenta Debray, esta en la filosofía de Hegel, quien no obstante a su idealismo, reconoce a través de la dialéctica una relación entre la esencia y la forma, y suscribe de esta manera al alma dentro de los procesos naturales. La influencia de esta doctrina en las ciencias sociales nos llega principalmente a través de la crítica de Marx, quien emplea el método dialéctico de Hegel aunque niega su idealismo y mantiene la historia en los términos de una historia humana.
El impacto de la obra de Marx tanto en la antropología como en el resto de las ciencias sociales obligó a una reconsideración sobre el papel de las tecnologías en el desarrollo de la historia. La concepción de una base material de la historia capaz de explicar las diferencias en los estados de desarrollo humano, representó un cambio fundamental de perspectiva.
Ahora quisiera mencionar, sin embargo, otra excepción que es de carácter diferente, pues va de la mano, no con la historia del pensamiento, sino con la de las tecnologías y su relación con la modernidad. Comencemos con un ejemplo importante; la imprenta de Gutemberg. Asociada a las condiciones políticas y sociales de la época ayudó a abrir las puertas a la Reforma, marcó el fin de la palabra escrita frente a la impresa, y posibilitó la difusión de la información en cada vez más elevados volúmenes; marcó así el inicio de la era de comunicación de masas, que coincidió también con el desarrollo de de las primeras formas del capitalismo y los inicios del Estado-Nación moderno.
Pese a la vital trascendencia de este invento, las teorías que se ocuparon del proceso de modernización, así como de las transformaciones culturales que llevaron al surgimiento de las sociedades industriales modernas, teorías y suposiciones agrupadas por J.B. Thompson bajo el nombre de “gran relato de transformación cultural”, y que podemos encontrar por ejemplo en autores como Marx y Weber, destaca el echo de que se subrayan siempre los procesos de secularización y racionalización de la sociedad, mismos que Thompson pone en duda, y se resta peso a los factores técnicos, en este caso lo que el llama, la “mediatización de la cultura”.
Sin embargo, a cuestas de la modernización, este proceso de mediatización ha seguido su rápida evolución, y gracias a la perspectiva actual, autores como Manuel Castells nos hablan de una sociedad informacional, fruto de su precedente industrial y para cuya comprensión es preciso entender el papel de las tecnologías, no desde un modo determinista, sino en una dialéctica entre sociedad y tecnología. Estamos viviendo pues, en esta última excepción, donde el papel de las nuevas tecnologías en la sociedad nos ha obligado a cambiar de perspectiva para reconocer su importancia.
Así nos encontramos de vuelta al comienzo de esta plática, en el momento en que numerosas ciencias se preguntan sobre el papel de las tecnologías sobre su sociedad, en especial las de la comunicación.
Mucho se ha hablado, sobre todo en el ámbito de antropología urbana, sobre la necesidad de mantener una antropología frente a una sociología, se cita por ejemplo, el método ejemplar antropológico que permite la obtención de una información cualitativamente mejor, en contraste con los modelos homogeneizantes de los sociólogos, y que nos lleva forzosamente ante el trabajo de campo. Sin embargo, en el tema que ahora nos ocupa, no nos encontramos frente a una distinción campo/ciudad, sino más bien quizás frente a grupos sociales contra sus tecnologías y las formas simbólicas que los relacionan. Es decir, si en el momento en que la diferencia entre el otro y el nosotros se hizo difusa, fue el método antropológico representado a grandes rasgos en el trabajo de campo lo que justificó en gran medida un lugar para la antropología, ¿que puede aportar ahora esta ciencia frente al estudio de las tecnologías y sus formas simbólicas?
Tradicionalmente, por desgracia, en los casos en que la antropología se ha acercado a los medios, ha sido para enfocarlos como medios técnicos particulares de acercamiento al objeto de estudio, el cual continúa siendo el mismo, esto es: comunidades, cualesquiera que sean, sin mediar una reflección significativa sobre la naturaleza de los medios y su relación con los grupos sociales con los que se relacionan.
Así pues, con el estudio de las tecnologías y sus formas simbólicas asociadas, quiero referirme a tomar éstas por objeto particular de estudio, no como un medio para el estudio de otra cosa.
Desde esta perspectiva me parece clara la necesidad de apelar, desde la antropología, a métodos de interpretación con modelos como la hermenéutica profunda, presentada por J.B Thompson para el estudio de la ideología en los medios. Este modelo esta inspirado entre otros, en la filiación hermenéutica y fenomenológica de Paul Ricoeur, que a grandes rasgos implica un enfoque interpretativo en referencia al contexto sociocultural en el que se insertan las formas simbólicas, a través de un análisis sociohistórico y un estudio etnográfico, así como un análisis del medio para el cual la semiótica es una excelente herramienta.
Así, aunque le estudio de los medios masivos de comunicación podría parecer en un primer momento una pérdida irremediable (y aterradora) de la comunidad de estudio, referente paradigmático en el trabajo antropológico, más aún cuando la demarcación etnográfica nos pide localizar los limites geográficos de nuestra comunidad de estudio, tenemos sin embrago, la necesidad de entender el estudio de los medios como la objetivación simbólica de la actividad de un grupo, dirigida a otro grupo por el cual es interpretada y significada. De modo que el estudio de los medios, no puede entenderse como separado del estudio de una comunidad.
Al respecto de estas comunidades, valdría apuntar que no pueden definirse en términos clásicos, pero pueden demarcarse con ayuda de nociones como “comunidades de interés”.
Por otro lado, el giro evidentemente interpretativo y lingüístico que debe tomar nuestra disciplina si quiere abarcar algún modelo para el estudio de los medios de comunicación, (y que de hecho ya lleva algunas décadas inclinándose en esa dirección) no creo que represente un abandono de “la teoría antropológica” o una “contaminación” de ésta, y por lo mismo, tampoco considero que la teoría antropológica no tenga nada que aportar al debate sobre las nuevas tecnologías de comunicación.
El estudio de las formas simbólicas en la vida social del hombre es un rasgo fundamental de nuestra disciplina, de modo que el comprender los fenómenos culturales como fenómenos de comunicación es tan solo hacernos concientes de que, como dijera Lévi-Strauss, cunado nos enfrentamos ante un problema de estudio, lo que hacemos es tratar de entender “que significa” un fenómeno dado, de modo que la dimensión interpretativa nunca ha estado ausente en la antropología.
Otro ejemplo; Wilhelm Dilthey definió el término “comprensión”, como opuesto al de “explicación”, y asignó este último a las ciencias naturales, mientras que el primero lo adscribía al dominio de las ciencias “históricas o del espíritu”. Según él, esta diferencia obedece a la diferencia en la naturaleza del objeto de estudio de ambas ramas de la ciencia, así, las ciencias naturales responden a un “modelo de inteligibilidad”, mismo que fue exportado a las ciencias históricas por las escuelas positivistas. Sin embargo, estas ciencias históricas, o del espíritu, al ocuparse de un fenómeno “psiquico” se valen de la comprensión, es decir, el conocimiento de este fenómeno a través de símbolos sensibles en donde la interpretación juega un papel importante.
Como una especie de conclusión considero que, ante este particular objeto de estudio, que concretizando podría ser la imagen, la televisión, la fotografía, el cine o el Internet, solo por citar algunos ejemplos, es la teoría antropológica, inspirada por su método particular, la que claramente tiene mucho que decir y aportar frente a otras disciplinas. Su capacidad para tratar cualitativamente los datos, su tendencia a mirar con extrañeza o distancia su objeto de estudio para buscar sentido en el rasgo más sutil de la vida cotidiana, y por otro lado, su utopía de acercamiento y casi comunión en el plano más subjetivo posible con su objeto de estudio, le ha dado una mirada particular. El problema entonces nos viene del método, que se ha ido construyendo bajo las necesidades de una tradición científica construida por viajeros y caminantes (o al menos, lectores de diarios de viajeros y caminantes).
Finalmente tal vez podríamos definir bajo el rubro de, una mirada particular, lo que puede construir nuestra disciplina para lograr una interpretación propiamente antropológica de los medios y sus formas simbólicas.

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